El elemento de las estrellas: A 158 años del hallazgo del helio y su nuevo protagonismo cuántico

El 18 de agosto de 1868, durante un eclipse solar total visible desde Guntur, India, el astrónomo francés Pierre Janssen observó a través de su espectroscopio una línea amarilla brillante e inusual en el espectro cromosférico del Sol. Poco después, el astrónomo británico Joseph Norman Lockyer confirmó que aquella longitud de onda no pertenecía a ningún elemento conocido en la Tierra, bautizándolo como ‘helio’, en honor a Helios, el dios griego del Sol. Fue la primera vez en la historia que la humanidad descubrió un elemento químico en el cosmos antes de hallarlo en nuestro propio planeta, marcando el nacimiento de la astrofísica moderna y transformando para siempre la tabla periódica.

Durante décadas, el helio pasó de ser una curiosidad astronómica a convertirse en un pilar invisible del desarrollo tecnológico e industrial. Su ligereza no inflamable, su carácter inerte y, fundamentalmente, su punto de ebullición cercano al cero absoluto (-268.9 °C) lo volvieron indispensable para una miríada de aplicaciones críticas: desde la presurización de tanques de combustible en misiones espaciales hasta el enfriamiento de los imanes superconductores presentes en los equipos de resonancia magnética que salvan millones de vidas en los hospitales de todo el mundo.

Hoy, este aniversario cobra una vigencia renovada en la frontera de la innovación. En pleno 2026, con la expansión de la computación cuántica a escala comercial y los desafíos asociados a la preservación de reservas estratégicas terrestres, el helio líquido es el recurso más codiciado para estabilizar los cúbits en cámaras de dilución criogénica. Aquel destello amarillo vislumbrado hace más de un siglo y medio en el cielo indio no solo reveló la composición de las estrellas, sino que continúa enfriando los motores del futuro digital de la humanidad.